La nueva columna de Federico Andahazi para “Le doy mi Palabra”.
Favoloro se inscribe en esta tradición que combina estudio, talento, audacia y la esperanza de cambiar este presente y proyectarnos a un futuro virtuoso.
Favaloro es el arquetipo que nos muestra las dos caras de nuestra realidad. Por un lado, el médico incansable, formado en la educación pública que llevó a la cumbre de la excelencia su profesión.
La otra cara es la Argentina que lo mató, la de la corrupción, el país de la burocracia que sólo se mueve a fuerza de coimas y prebendas.
Cuando hablamos del Mal de los Rastrojos, te conté que las investigaciones argentinas para lograr la vacuna iban muy avanzadas, habían logrado aislar al “virus Junín”.
Pero llegó el golpe del ´66 y la dictadura que veía en el conocimiento una amenaza, arrasó con el laboratorio montado en Pergamino por el Dr. Parodi, destruyendo las muestras.
Todo el trabajo de la ciencia argentina quedó aplastado por las mismas botas que sacaron a Illia del sillón presidencial para poner en su lugar a Onganía, una de las más terribles atrocidades de nuestra historia.
La semana pasada dejamos nuestra columna muchos años más atrás: estábamos hablando de otro héroe de la medicina, el Dr Salvador Mazza.
La vida de Mazza nos confirma el carácter trágico de nuestra historia en la que se alteranan dictadores, corruptos y mediocres, con algunas excepciones, claro.
“La contradicción en la política y la psicología”, por Federico Andahazi
Habíamos llegado al momento en el cual, con la férrea convicción de estudiar y curar las enfermedades endémicas del Noroeste, el Dr. Mazza se instala en Jujuy y crea en 1928 la MEPRA: Misión de Estudios de Patología Regional Argentina.
Mazza había logrado ubicar su laboratorio y centro de investigación en el epicentro del drama: las poblaciones vulnerables, pobres y olvidadas.
Recordás que la semana pasada hablamos del E600, el vagón hospital con el cual Mazza acercaba la atención a cada rincón perdido. Tengamos presente que cuando el Mal de Chagas se cronifica resulta mortal; actualmente el 90 o 95 % de la población infectada desconoce su condición.
Mazza era un experto en cólera y otras enfermedades infecciosas, pero su relación con Carlos das Chagas, el médico brasilero descubridor del tripanosoma cruzi y su vector, la vinchuca, lo había puesto en la senda de esta enfermedad de la pobreza de nuestro continente.
Mazza entendió a la perfección que el combate era contra el insecto portador del parásito mortal, y que ese insecto convivía con el ser humano por la misma razón por la que lo sigue haciendo ahora: pobreza e indigencia.
La vinchuca habita en los intersticios de las paredes de adobe, los techos de paja; vive en las casitas precarias y pica por la noche para alimentarse de sangre. Así, ingresa el tripanosoma cruzi en el cuerpo.
El contagio no de da entre personas, por eso es una enfermedad íntimamente ligada a las condiciones paupérrimas en las que viven millones de personas en el continente americano.
El Dr Chagas escribió hace cien años: “…hay un designio nefasto en el estudio de la Trypanosomiasis. Cada trabajo, cada estudio, apunta un dedo hacia una población malnutrida que vive en malas condiciones; apunta hacia un problema económico y social, que a los gobernantes les produce tremenda desazón pues es testimonio de su incapacidad para resolver un problema tremendo…”.
Pero volvamos a la epopeya de Mazza. El Dr. Mazza necesitaba encontrar a esos enfermos, diagnosticarlos, enseñarles a sus colegas a comprender y leer los signos de la enfermedad.
Así fue como en 1936 logró describir una enfermedad asociada a la fase aguda del Mal de Chagas: la dacrioadenitis, un problema oftalmológico que aparece como consecuencia de la infección.
Hace unos meses le dedicamos una columna a Alexander Fleming, el hombre que cambió la salud del planeta con la invención de la penicilina.
Nuestro incansable Salvador Mazza le escribió a Fleming en 1942: era imprescindible que Fleming le diera el apoyo para producir penicilina. Y como los grandes de verdad no conocen fronteras, Fleming accedió y colaboró.
En 1943 Mazza ya estaba produciendo penicilina argentina de máxima calidad en un momento donde no se podía esperar la importación porque el mundo estaba en guerra y las farmacéuticas internacionales no daban abasto para los frentes de batalla.
“Cristina mantiene la corona y Alberto, el virus”, por Federico Andahazi
La MEPRA, sueño de Mazza hecho realidad, estaba produciendo antibióticos para los argentinos. Mazza sentía un orgullo infinito por su equipo, por lo que habían logrado crear en medio de los parajes olvidados y desatendidos por todos.
Pero… Otra vez los verdugos, el atraso, la ignorancia: el General Pedro Pablo Ramírez, Presidente de facto, vio con desconfianza semejante centro científico en Jujuy y consideró que producir penicilina argentina era innecesario, hasta sospechoso, entonces retiró los recursos económicos e impidió el desarrollo de la MEPRA y el antibiótico de su laboratorio.
Tres años después murió Salvador Mazza, nos dejó cientos de estudios, papers, investigaciones, y sobre todo una metodología de trabajo de campo que hizo escuela.
Mazza y Favaloro, una misma obsesión: la salud pública. Una misma tragedia: la corrupción y el totalitarismo.
Escuchá Radio Mitre todo el día, hacé click acá.
Si querés escuchar La 100, hacé click acá.
Seguinos en YouTube
Fuente: “De Mazza a Favaloro”, por Federico Andahazi. Por Radio Mitre.