Una nueva e histórica jornada cívica ha finalizado y, si bien aún deberemos esperar algunos días para obtener los resultados finales del escrutinio definitivo, los datos provisorios dan cuenta de la profundización de la contundente ventaja obtenida por el Frente de Todos en las PASO del pasado 11 de agosto.
No hubo milagro ni epopeya posible. Macri no sólo dilapidó en menos de cuatro años la oportunidad histórica de consolidar una fuerza política alternativa a los partidos tradicionales, sino que fue en gran medida víctima de sus propios errores e ingenuidades. La apelación discursiva a la tan mentada “grieta” le permitió en muchas ocasiones capear algún que otro temporal, pero el descalabro en materia económica y su fuerte impacto en amplias capas de la sociedad terminó siendo decisivo. Parafraseando al gran Gabo, no fue más que “la crónica de una muerte anunciada”.
Se acabaron entonces las especulaciones y las incertidumbres de este largo año en materia electoral, que se inició allá por febrero con las elecciones provinciales en La Pampa y terminó hoy con la elección de quién ocupará el “sillón de Rivadavia” durante los próximos cuatro años.
Alberto Fernández es finalmente el presidente electo. Un presidente que el próximo 10 de diciembre recibirá mucho más que el bastón y la banda presidencial como atributos simbólicos del mando, dado que se hará cargo de un país sumido en la crisis económica y social más profunda desde aquellos momentos aciagos de fines de 2001.
La larga marcha de Alberto
Para muchos, Alberto Fernández es un presidente sorpresivo. El anuncio del binomio presidencial por parte de Cristina Fernández de Kirchner en un video viralizado en las redes sociales un 18 de mayo que hoy parece muy lejano, sorprendió a propios y extraños.
Probablemente sea un presidente sorpresivo, pero en absoluto improvisado. Se trata de un experimentado dirigente político que, hasta ese recordado 18 de mayo, se había movido con prestancia en las trastiendas del poder, como un gran armador y constructor de acuerdos y consensos. Todos valores que se resignifican a la luz de los desafíos de hoy.
Alberto Fernández fue uno de los pocos “locos” en creer en ese gobernador patagónico que soñaba con ser presidente en 2003 en el marco de un país que había tocado fondo, fue el jefe de Gabinete de un gobierno que logró reconstruir la institución presidencial desde las cenizas del 2001, fue quien renunció al gobierno de Cristina al calor de la radicalización operada tras el conflicto con el campo y fue un obsesivo armador de un peronismo que desde la oposición pedía a gritos una profunda reorganización. Por eso, probablemente no haya nadie mejor que él para representar esa unidad del peronismo que hoy fue, indudablemente, una de las claves de la victoria.
Una dura transición
El flamante presidente tendrá muy poco tiempo para festejar: le espera una transición muy dura, de apenas seis semanas. Todo ello en un contexto de mercados alterados, como quedó en evidencia en materia cambiaria en la última jornada hábil de esta semana.
Le espera una transición en la que deberá intentar consensuar con el presidente saliente, algo que en función del último tramo de la campaña no se revela como tarea fácil. Se trata de un desafío que se potencia ante un Macri que inevitablemente se verá expuesto al conocido “efecto pato rengo”: un gobernante que ya sabe que su tiempo se ha terminado y que en la desbandada se convierte en potencial presa de los depradadores.
La experiencia muestra que, en estos casos, hay dos escenarios posibles: la cooperación con el presidente electo a efectos de garantizar una transición ordenada, o la decisión de “gobernar” hasta el 10 de diciembre con la convicción de que no será responsable de sus consecuencias, con el riesgo de provocar más descalabros en materia económica.
Los desafíos del futuro gobierno
Todo gobierno hereda no solo beneficios sino también perjuicios de su antecesor. Siguiendo a Maquiavelo, lo que vuelve virtuoso a un gobierno no es tanto las condiciones que lo rodean –la suerte, la economía internacional, la herencia-, sino qué hace éste con aquellos factores.
Sin duda, las urgencias económicas marcarán el ritmo de la agenda: inflación, dólar, deuda, déficit fiscal, empleo, consumo y salarios. Todo ello con recursos escasos, reservas diezmadas y la espada de damocles de la deuda con el FMI pendiendo una vez más sobre las cabezas de los argentinos. Por encima de esto, habrá que sumar la lógica impaciencia social que exigirá resultados auspiciosos a corto plazo.
Será por ello clave su liderazgo durante los primeros cien días de gobierno para poder materializar una de sus grandes promesas de campaña, la construcción de un gran acuerdo nacional o pacto con distintos sectores de la sociedad –empresarios, sindicatos y organizaciones sociales- con el fin de encaminar la difícil coyuntura que le tocará enfrentar a partir del 10 de diciembre.
Como en todo acuerdo, será tan necesario considerar los beneficios como las responsabilidades y los sacrificios de cada una de las partes. El desafío es cómo hacerlo sin desperdiciar el enorme capital político que emanó de una victoria tan contundente.
A la incertidumbre local, se le sumará la situación de una región que atraviesa coyunturas críticas y tumultuosas, que ya no se reducen a la situación de Venezuela, sino que también alcanzan a países como Chile y Ecuador. Un desafío más para el presidente electo, pero a la vez una oportunidad para intentar erigirse también en el emergente de un nuevo tipo de liderazgo en la región.
¿El liderazgo que viene?
La templanza, opuesta al odio y la ira, ha sido históricamente considerada como una de las virtudes cardinales que deberían motivar a todo hombre que aspire a la moderación, anteponiendo la voluntad a las pasiones. Originalmente formulada por Platón, también preocupó a su discípulo Aristóteles y a Santo Tomás de Aquino en la Edad Media, calando hondo así en la tradición del cristianismo.
La virtud de la templanza apela entonces a una moderación juiciosa y se compone de tres pilares fundamentales: el perdón que protege del odio, la humildad que protege de la soberbia y la prudencia que protege de los excesos. Así, el camino a partir del 10 de diciembre no será fácil y requerirá de altas dosis de una templanza que Alberto Fernández ya ha sabido demostrar en los últimos tiempos.
El presidente electo tiene una cita con la historia y con los millones de argentinos que, de una vez y para siempre, queremos vivir en un país normal, donde las oportunidades de vida y el bienestar general sean la norma y no una excepción.
*Sociólogo, consultor político y autor de Comunicar lo local (Parmenia, 2019)