El cierre de Cinerama simboliza el fin de una cultura que convocaba multitudes. En el centro había más cines que supermercados. Era también la atracción de los barrios.
Con Cinerama se apaga una época luminosa para los cordobeses amantes del cine. El fin de una cultura que convocaba multitudes. Sus años de oro transcurrieron entre los 60 y los 80.
El cine era el lugar de la primera cita. De las parejas. Del paseo familiar dominguero. De las siestas de chupina del cole. De los grupos de amigos que compartían un ritual que tenía los sábados su noche de gloria. Largas colas por una buena butaca para la función principal y el trasnoche. Luego, la liturgia del café compartido, la conversación intrascendente y la espera de los diarios de la mañana todavía con olor a tinta fresca.
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En el centro de Córdoba había más cines que supermercados. Los barrios más tradicionales se enorgullecían de sus propias salas.
Cine para todos los gustos y para todos los bolsillos.
El tamaño de Cinerama nos impresionaba como una catedral. Era un alarde de tecnología. Tres proyecciones simultáneas sobre una enorme pantalla panorámica producían un efecto envolvente, inmersivo diríamos en la jerga nerd de estos tiempos. Te metía adentro de la película.
El viejo Gran Rex, en avenida General Paz, acaparaba los grandes estrenos. Derrochaba elegancia y sobriedad. Había que ponerse las mejores pilchas para pisar sus alfombras, de un rojo tan discreto como los carameleros, que apenas susurraban con voz engolada de FM: “Aero menta, bombón helados. Maní con chocolate, bombón helado”.
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El Mayo, en 25 de Mayo casi esquina Alvear, y el Ópera, en Rivera Indarte, te ofrecían varias semanas después la segunda y la tercera pasada de esos peliculones, a valor de outlet. Allí hay ahora un banco y una galería comercial.
A pocos metros del Ópera, se libraban los tiroteos más encarnizados de la ficción. “Si no le gustan la acción y la aventura, no venga al cine Cervantes”, alertaban las tandas de las radios. Se especializaba en las de “convoy” y “de guerra”. El Monumental, en calle Buenos Aires, te las reproducía de a tres –en funciones continuadas, como se estilaba— a precio de liquidación.
El Odeón, en la primera cuadra de calle 25 de Mayo, era el palacio de los niños. En la Olmos, el Gran Avenida, luego Ocen, luego playa de estacionamiento, le hacía lugar a un cine argentino de pretensiones modestas.
El Palace, en San Martín a metros de la plaza, se especializaba en la picaresca y un cine erótico que hoy aburriría por lo recatado. En Rosario de Santa Fe, estaba el Novedades, hoy discoteca. Isabel Sarli y Libertad Leblanc eran las reinas de la función. Prohibidas para menores de 18 años, aunque el boletero hacía la vista gorda, salvo que el acné o un rostro demasiado aniñado te delatara a gritos.
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Los reductos para los devotos del cine arte y militantes de la política universitaria, tenían sus reductos: el Sombras, el Angel Azul –una aventura emprendedora del gran Daniel Salzano– o el más modesto cine Lumiere, emplazado en una vieja cancha de pelota a paleta en la 9 de Julio, obra de un aspirante a cineasta empecinado, el querido “Gordo Salvador”.
En estas salas había, a veces, cine-debate. Tras la proyección de alguna vieja obra de alto valor artístico o testimonial se abría la discusión. A veces inteligente; otras, más apasionada que inteligente, y en ocasiones violenta, hasta con la irrupción de alguna patota de la intolerancia en los combativos años 70.
Asi transcurría la vida en los cines de Córdoba, en su era luminosa.
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Hasta que la tele por cable, el streaming y la cuarentena fueron liquidando de a poco aquellas fábricas de sueños. Sobreviven los microcines, a fuerza de mega producciones de poca sustancia, orientadas sobre todo a niños y adolescentes, y a fuerza de “pochoclos” (no se salvó ni el delicioso “pururú”).
¡Qué tormenta de recuerdos! Imposible contener la nostalgia.
Se me pianta un lagrimón.
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Fuente: Sagristani | Cierra Cinerama, se apaga la época luminosa de los cines en Córdoba. Por Radio Mitre.