Las profecías golpistas de Duhalde dañan el prestigio de la investidura que alguna vez encarnó. También lo daña el torpe intento de Fernández de subir al ring a Macri.
Eduardo Duhalde se autopercibe como gurú de la Nación. Un vidente al que se le revela el destino manifiesto de Argentina.
Hace 20 años proclamó que este país estaba condenado al éxito. En realidad copió y pegó un vaticinio que el intelectual Helio Jaguaribe formulara sobre Brasil.
Con la convicción de un profeta viene sosteniendo la utopía de una revolución productiva –un remedo de su mentor, Carlos Menem—, aunque basada en ideas e instrumentos que envejecieron hace por lo menos medio siglo.
Ahora sorprendió con el pronóstico de un improbable golpe de estado, que no pudo fundamentar. La estadística de las interrupciones institucionales del pasado no explica por sí misma el futuro.
Duhalde arrastra la sombra de una sospecha nunca refutada sobre su responsabilidad en los sucesos de 2001-2002. La genuina protesta popular de entonces fue desbordada por actos violentos organizados, que le dieron el empujón final a De la Rúa. “Fue un golpe civil del peronismo bonaerense”, diría después el presidente desplazado.
Los acontecimientos terminarían instalando semanas después al entonces senador por el PJ bonaerense en la Rosada. Fue una decisión del Congreso, sustentada en la ley de acefalía. Consiguió mediante la negociación política un objetivo que las urnas le habían negado.
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No parece que en estas últimas declaraciones del dirigente de Banfield haya que buscar rastros de alguna conspiración extemporánea. Tal vez Duhalde esté envejeciendo mal, como sus ideas.
En cualquier caso acaba de inferir otra mancha a la institución presidencial, que incluye a quienes ejercieron el Poder Ejecutivo en el pasado. Al menos, en las democracias más consolidadas.
El presidente en funciones acaba de producir un hecho político que también va a contrapelo de esa tradición.
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Alberto Fernández dijo que su antecesor trató de disuadirlo de aplicar la cuarentena para no afectar la economía. Lo escandaloso es el alcance de la argumentación que –según el presidente—le habría expresado Macri: “Que mueran los que tengan que morir”.
Por supuesto Macri negó esa afirmación. Sólo ellos saben qué se dijeron en ese diálogo telefónico. Aunque es llamativo que los voceros gubernamentales calificaran entonces al intercambio como “cordial” y exaltaran el “apoyo” del expresidente a la gestión de la crisis sanitaria.
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En todo caso, Fernández violó el código no escrito de la discreción sobre las conversaciones privadas en ese nivel. Y lanzó una acusación tan grave como indemostrable a un expresidente. A menos que lo hubiera grabado de manera subrepticia, una práctica que dice aborrecer.
No importan las personas, importan las instituciones, que simbolizan la representación de la sociedad.
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Lo de Fernández fue quizás el intento más torpe de subir al ring a Macri, el dirigente opositor con peor imagen, en momentos en que el liderazgo emergente de Rodríguez Larreta recoge en las encuestas los más altos índices de aprobación social.
El viejo truco de la polarización y la división del adversario. El problema radica en esa maniobra táctica sino en los términos en que se expresa. Parece otra escaramuza de la pelea callejera en que han convertido a la política. Una pelea sin reglas. Todo vale para imponerse al oponente.
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Fuente: Sagristani | Duhalde, el gurú de los vaticinios improbables y dañinos. Por Radio Mitre.