Argentina lleva 21 meses consecutivos de destrucción de riqueza y 9 años de estanflación. Si no se revierte la tendencia, sólo se podrá redistribuir pobreza.
El INDEC ya registró, a marzo, 21 meses consecutivos de destrucción de riqueza. Argentina es cada vez más pobre.
La fase más dramática del derrumbe está sucediendo ahora, en este segundo trimestre. Todos los indicadores se despedazan. Ya hemos abundado en números que así lo señalan.
Por supuesto la declinación golpea con más fuerza a quienes no lograron subirse a ningún colectivo o debieron bajarse en las primeras paradas.
La depresión de la economía, como hemos venido reflejando, provoca el cierre de empresas o la drástica reducción de su actividad. Y contrae la masa salarial. Hay despidos, suspensiones, precarización, disminución de horas trabajadas, recortes en los sueldos nominales. Y la inflación impiadosa erosiona su capacidad de compra.
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No hay datos oficiales recientes, pero el Observatorio de la Deuda Social proyectó en mayo un indicador provisorio de pobreza cercano al 45%.
La asistencia del Estado es insuficiente, tardía y no llega en plenitud donde debería.
El ingreso Familiar de Emergencia –por caso– tiene 8,5 millones de inscriptos. El programa se anunció en marzo, empezó a instrumentarse en abril y hasta ahora sólo 2,5 millones lograron cobrar dos mensualidades. Los 6 millones restantes sólo recibieron una, 10 mil pesos en los casi 100 días de cuarentena.
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Los créditos de hasta 150 mil pesos a tasa cero se diseñaron para atender necesidades de un millón de monotributistas y autónomos. Hasta ahora sólo pudo acceder algo más de un tercio de ese universo.
A los recursos escasos se añade una ineptitud flagrante en la gestión de la ayuda estatal. Pero, como en casi todas las políticas públicas argentinas, los males vienen de lejos.
Entre asignaciones, planes, becas y tarifas sociales, coexisten 27 programas sólo a nivel nacional. Nadie ha logrado hasta ahora inventariar los de origen provincial y municipal.
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El esquema adolece de varios defectos: lagunas en el mapa de la cobertura, superposiciones, enormes gastos administrativos, escaso control. En sus pliegues prosperan la inequidad, el clientelismo y las corruptelas.
Es impostergable una revisión. Pero no alcanza sólo con hacer más eficaz y transparente la ayuda social.
Si la economía sigue en el tobogán sólo se podrá redistribuir pobreza. ¿Qué otra cosa puede ofrecer un Estado en quiebra? ¿Cómo saldría de esa trampa sin que la actividad privada que lo financia se expanda?
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Se apagan los cuatro motores de la economía, ya destartalados. Caen el consumo privado, las exportaciones, la inversión y hasta el consumo público, aunque todavía mucho menos. Por ahora, el Estado se aferra a los artificios monetarios, ya en un límite de alto riesgo.
Las responsabilidades atraviesan a los últimos tres gobiernos. Venimos de 9 años de estanflación. Revertir la tendencia es el mandato del actual; para eso fue elegido. Difícilmente lo consiga sin un consenso político y sectorial que exceda su período.
Los motores de la economía sólo se encienden con un click en los spots de campaña.
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Fuente: Sagristani | La economía se enciende con un click sólo en los spots de campaña. Por Radio Mitre.