La larga transición comenzada con la consagración de las alianzas y fórmulas presidenciales ingresa desde hoy en la etapa más compleja; y ojalá que lo menos dramática posible. Constituye una novedad solo a medias en la historia de nuestra democracia reciente. Así lo probaron el tránsito de Raúl Alfonsín a Carlos Menem en 1989 y aun el de este último a Fernando de la Rúa diez años más tarde. Porque debajo de una normalidad solo aparente subyacía la recesión de un año y el asombroso descrédito del ultimo caudillo de masas del siglo XX.
El colapso que atropelló al gobierno de la Alianza supuso una ruptura profunda reparada transitoriamente por un gobierno provisional semiparlamentario que desembocó en la exigua elección de Néstor Kirchner en 2003. Llegados a este punto, se abrió un parteaguas respecto del tácito pacto democrático consagrado 20 años antes. Porque tanto tímidamente Kirchner y de modo más nítido su esposa y sucesora ensayaron un refundacionalismo que aspiró a constituirse en régimen hegemónico. Y es precisamente en esta secuencia más corta que se inscribe la transición actual.
El intento engendró una fractura cultural profunda entre dos acepciones democráticas antagónicas: una autoritaria y plebiscitaria; y otra la republicana trunca en 2001. Tampoco se trató de un desenlace nuevo. Al cabo, las grandes expresiones de masas del siglo pasado que protagonizaron la democratización del país tuvieron el signo de la primera. Solo después de la orgía de violencia y horror entre fines de los 60 y principios de los 80 parecieron confluir en una síntesis por un lapso que esforzadamente podría prolongarse hasta 2001.
Hubo que aguardar hasta los cacerolazos de 2012 y 2013 para que la tradición republicana renaciera de sus propias cenizas hasta plasmarse en a ajustada victoria del “partido del balotaje” de la que emergió el gobierno del presidente Mauricio Macri. Y pese a la profundización de una recesión que ya lleva una década, agravada durante la gestión que termina, persiste tan lozana como la de la alianza kirchnerista triunfante. Así lo demostró la asombrosa movilización de un tercio de la sociedad diseminada en todo el país desde agosto pasado. ¿Convicción republicana o miedo a la restauración populista? Como siempre, la respuesta se ubique en algún punto intermedio. Pero se trata de un fenómeno que vino para quedarse y que servirá para ponerles límites a los eventuales excesos de los poderosos y que ojalá que encuentre una representación política a su medida.
Económicamente, un común denominador aúna tanto al gobierno de Cristina Kirchner que culminó en 2015 con el actual: la penuria. Y sin embargo, a diferencia de 1989, 1999 y 2001 ambos herederos de la crisis de principios de siglo terminaron despedidos por una entusiasta masa de seguidores movilizados y dispuestos a recuperarse lo antes posible. Desgraciadamente, no hubo y no habrá espacio –al menos hasta que esta generación de políticos sea relevada- ni para la cooperación ni para los grandes consensos en medio de la grieta que se prolongara sine die. Un viso de esperanza tal vez proceda de la severa advertencia emergente de ambos desenlaces: la prosecución del receso inflacionario condena a todo gobierno a una derrota electoral segura como las de 2015 y 2019. Aunque también es justo reconocer las pasiones de ambos bloques. Finalmente, el detonante de la derrota kirchnerista de 2015 fue su descomposición interna y la del macrismo en 2019 está compensada por este curioso fenómeno de masas que no se detiene.
Urge, entonces, la resolución del rompecabezas no solo en términos coyunturales sino de un patrón de desarrollo que no habrá de contar ni con las “joyas de la abuela” de los 90 y de la “supersoja" de los 2000. Y por lo tanto, de un tiempo necesariamente prolongado flanqueado por eventuales éxitos fragmentarios medidos por el combate contra la inflación y el déficit fiscal. Objetivos, por lo demás, solo acometibles mediante un collar de reformas que, más allá de sus modalidades, serán conditio sine qua non para sacar al país del letargo. La situación es más que peligrosa dado el efecto demostrativo de un reguero de estallidos sorpresivos que están detonando en toda América Latina más allá del signo ideológico de sus gobiernos.
El nuevo gobierno contará, a pesar de todo, con un bonus track que ojalá que sus responsables descubran a tiempo. Si el presidente electo Alberto Fernández lograra disipar las dudas de la trayectoria kirchnerista administrando con sapiencia el equilibrio de la coalición que lo ha catapultado al poder, podría obtener reacciones internacionales análogas a las de Carlos Menem en 1989-90 y, por qué no, del propio Juan Domingo Perón en 1973. La clave estribará en neutralizar los previsibles extravíos de sus expresiones radicalizadas que a lo largo de la campaña no han hecho más que desplegar con destreza.
En su defecto, lo acecharán oscuros nubarrones de desenlace abierto y no necesariamente capitalizable por la opción republicana. La eventual radicalización “bolivariana” de los kirchneristas de paladar negro encabezada por su propia vicepresidente y electora bien podría incubar una alternativa antisistémica latente en el escepticismo social generalizado respecto de una corporación política que, como en toda la región, es percibida como lejana, cínica, voraz e impune. El miedo y la desilusión podrían desembocar entonces en una pesadilla colectiva de vicisitudes inimaginables.
El autor es miembro del Club Político Argentino